jueves, 16 de julio de 2015

¿Ansiedad? Sí, pero en su justa medida.

Casi con toda seguridad, se puede afirmar que todos en algún momento de nuestras vidas hemos sentido ansiedad. Es una respuesta automática de nuestro organismo que se pone en marcha, de manera involuntaria, ante situaciones o estímulos que interpretamos como peligrosos o amenazantes. Se manifiesta con síntomas como el aumento de la tasa cardíaca, la presión sanguínea, la sudoración o la respiración.

Esta respuesta natural en el ser humano, ha desempeñado un papel muy importante a lo largo de la evolución. Hasta tal punto es así, que si no hubiera sido por cierto grado de ansiedad probablemente nuestra especie no habría sobrevivido y nosotros no estaríamos hoy aquí. Era ella la que preparaba a nuestros antepasados para escapar ante un posible peligro como el ataque de un depredador; o la que hacía que se prepararan para salir a cazar y estuvieran alerta para ahorrarse malos tragos.


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Es curioso que la manera en que nuestro organismo nos prepara para posibles situaciones amenazantes es exactamente la misma hoy que hace millones de años. Es decir, que reaccionamos igual ante el ataque inminente de un león que ante una cita con nuestro jefe. La diferencia está en que el león probablemente sea un peligro real; pero la cita con el jefe no lo sea tanto.  Y es en esta segunda situación en la que nuestros pensamientos anticipatorios juegan un papel decisivo: "¿y si me despide?" "¿habré hecho algo mal"? "seguro que he metido la pata", "fijo que me quedo sin trabajo"; etc. Remito aquí a mi primera entrada "PENSAMIENTOS DISTORSIONADOS" y a analizar cómo afectan a lo que sentimos (en este caso, a experimentar ansiedad).

Como vemos, la ansiedad es muy importante y cierto nivel es necesario para hacernos actuar: para que estudiemos antes de un examen, para acudir a una entrevista de trabajo puntuales y preparados, para huir si hay un incendio, etc. El problema viene cuando esta respuesta se pone en marcha durante un tiempo prolongado y de manera frecuente, en la que nuestro organismo se prepara y moviliza gran cantidad de energía preparándose así para situaciones peligrosas que realmente no lo son, como por ejemplo montar en ascensor, acudir a sitios con muchas personas, montar en coche, hablar en público, etc. Es aquí cuando nuestra ansiedad puede comenzar a interferir con nuestra vida diaria y a limitarnos en nuestras actividades: dejar de acudir a ciertos sitios, deteriorar nuestras relaciones sociales o dejar de realizar actividades que nos agradan, entre otras. Esto hará que, muy probablemente, nos sintamos mal con nosotros mismos, estemos más apáticos, tengamos mayor malestar, presentemos mayor  irritabilidad y puede que incluso se presenten síntomas depresivos. También nos traerá consecuencias negativas tanto de salud, como en las relaciones sociales o en el trabajo y los estudios. De ahí que sea recomendable poner en marcha alguna solución para que no vaya a más y no nos acarree problemas indeseados.

Por suerte, la ansiedad es algo que podemos aprender a manejar y controlar haciendo así que no sea ella la que nos controle a nosotros. Lo primero sería detectar o ser conscientes de que nuestro estado de ansiedad es demasiado elevado, identificar qué estímulos o situaciones lo causan, ver qué pensamientos se tienen ante esa situación y cómo reacciono ante ella (nuestra manera de comportarnos es la que suele mantener el problema a largo plazo). Si la ansiedad está limitando tu día a día, quizás sea hora de tomar cartas en el asunto: otra manera de tomarnos la vida es posible :)

lunes, 11 de mayo de 2015

PENSAMIENTOS IRRACIONALES




Inauguro mi blog escribiendo de algo muy común en la mayoría de los casos que acuden a consulta: los pensamientos irracionales (también llamados distorsiones cognitivas).
Detrás de este nombre se engloban aquellos pensamientos que son poco lógicos o irracionales, que no se ajustan a la realidad y que nos hacen comportarnos de manera ineficaz. Estos pensamientos nos hacen vivir las experiencias de nuestra vida con una afectación emocional importante e incluso exagerada en algunas ocasiones. 

Pondré un ejemplo claro de pensamientos irracionales que se pueden tener ante una situación tan cotidiana como montar en un ascensor:
Supongamos que una persona se encuentra esperando a que llegue el ascensor, y en ese intervalo de tiempo comienza a tener pensamientos tipo: “¿y si el ascensor se para y me quedo atrapado?”; “seguro que tardarán muchísimo en venir a buscarme y puede que me quede sin aire y me asfixie”; “morir asfixiado sería una muerte horrible”.
En este ejemplo, esos pensamientos hacen que la persona se sienta angustiada, con miedo, ansiedad, etc. Es por ello que, lógicamente, no cogerá  el ascensor y acabará subiendo por las escaleras.
Como se ve, nuestros pensamientos afectan a cómo nos sentimos y, por consiguiente, a la manera en la que actuamos. De ahí la estrecha relación entre pensamiento, sentimiento y conducta.

La parte positiva de todo esto es que nuestra manera de pensar se basa en un proceso de aprendizaje que viene determinado por experiencias, por información que recibimos de los demás, etc. Al ser un proceso basado en el aprendizaje, es por tanto algo que se puede modificar. Y aquí es donde los psicólogos nos pueden dar las herramientas para modificar las distorsiones cognitivas por pensamientos alternativos que sean más adaptativos que los anteriores, y con los que cambiemos la manera en que sentimos y actuamos.
La técnica utilizada se denomina reestructuración cognitiva, y lo que hace es un análisis racional sometiendo a debate los pensamientos irracionales buscando que se ajusten mejor a la realidad y que nos causen un menor malestar, con la consiguiente repercusión (positiva) en nuestros comportamientos. 

Otros tipos de pensamiento irracionales muy comunes son:
Todo me sale siempre mal
No sirvo para nada
Este examen es imposible de aprobar
Seguro que piensan que soy un estúpido y se reirán de mi
Y si me sale mal
Etc.

Probablemente todos hemos tenido en algún momento de nuestra vida estos pensamientos que nos han hecho sentirnos mal. Con un poco de esfuerzo y práctica se pueden sustituir por otros más útiles, desdramatizándolos y ajustándolos mejor a la realidad.
¿Por qué no intentarlo? ¡Seguro que merece la pena! :)
                              


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