¿Ansiedad? Sí, pero en su justa medida.
Casi con toda seguridad, se puede afirmar que todos en
algún momento de nuestras vidas hemos sentido ansiedad. Es una respuesta
automática de nuestro organismo que se pone en marcha, de manera
involuntaria, ante situaciones o estímulos que interpretamos como
peligrosos o amenazantes. Se manifiesta con síntomas como el aumento de
la tasa cardíaca, la presión sanguínea, la sudoración o la respiración.
Esta
respuesta natural en el ser humano, ha desempeñado un papel muy
importante a lo largo de la evolución. Hasta tal punto es así, que si no
hubiera sido por cierto grado de ansiedad probablemente nuestra especie
no habría sobrevivido y nosotros no estaríamos hoy aquí. Era ella la
que preparaba a nuestros antepasados para escapar ante un posible
peligro como el ataque de un depredador; o la que hacía que se
prepararan para salir a cazar y estuvieran alerta para ahorrarse malos
tragos.
Es
curioso que la manera en que nuestro organismo nos prepara para
posibles situaciones amenazantes es exactamente la misma hoy que hace
millones de años. Es decir, que reaccionamos igual ante el ataque
inminente de un león que ante una cita con nuestro jefe. La diferencia
está en que el león probablemente sea un peligro real; pero la cita con
el jefe no lo sea tanto. Y es en esta segunda situación en la que
nuestros pensamientos anticipatorios juegan un papel decisivo: "¿y si me
despide?" "¿habré hecho algo mal"? "seguro que he metido la pata",
"fijo que me quedo sin trabajo"; etc. Remito aquí a mi primera entrada
"PENSAMIENTOS DISTORSIONADOS" y a analizar cómo afectan a lo que
sentimos (en este caso, a experimentar ansiedad).
Como vemos, la
ansiedad es muy importante y cierto nivel es necesario para hacernos
actuar: para que estudiemos antes de un examen, para acudir a una
entrevista de trabajo puntuales y preparados, para huir si hay un
incendio, etc. El problema viene cuando esta respuesta se pone en marcha
durante un tiempo prolongado y de manera frecuente, en la que nuestro
organismo se prepara y moviliza gran cantidad de energía preparándose
así para situaciones peligrosas que realmente no lo son, como por
ejemplo montar en ascensor, acudir a sitios con muchas personas, montar
en coche, hablar en público, etc. Es aquí cuando nuestra ansiedad puede
comenzar a interferir con nuestra vida diaria y a limitarnos en nuestras
actividades: dejar de acudir a ciertos sitios, deteriorar nuestras
relaciones sociales o dejar de realizar actividades que nos agradan,
entre otras. Esto hará que, muy probablemente, nos sintamos mal con
nosotros mismos, estemos más apáticos, tengamos mayor malestar,
presentemos mayor irritabilidad y puede que incluso se presenten
síntomas depresivos. También nos traerá consecuencias negativas tanto de
salud, como en las relaciones sociales o en el trabajo y los estudios.
De ahí que sea recomendable poner en marcha alguna solución para que no
vaya a más y no nos acarree problemas indeseados.
Por suerte, la
ansiedad es algo que podemos aprender a manejar y controlar haciendo así
que no sea ella la que nos controle a nosotros. Lo primero sería
detectar o ser conscientes de que nuestro estado de ansiedad es
demasiado elevado, identificar qué estímulos o situaciones lo causan,
ver qué pensamientos se tienen ante esa situación y cómo reacciono ante
ella (nuestra manera de comportarnos es la que suele mantener el
problema a largo plazo). Si la ansiedad está limitando tu día a día,
quizás sea hora de tomar cartas en el asunto: otra manera de tomarnos la
vida es posible :)
